Escribir

A la memoria de Nacho Padilla.

Hace 17 años exactos, durante la FIL de Guadalajara, conocí a Daniel Sada y nos hicimos amigos. De ese primer encuentro, conservo con celo el ejemplar de El límite que me regaló, un libro peculiar que Editorial Vuelta le publicó en 1997, así como el recuerdo de Daniel manejando, desbocado, la camioneta que nos llevaba de regreso al DF a varios autores de Tusquets y a su editora, Beatriz de Moura.

Una cosa llevó a la otra y, pronto, me vi atendiendo el taller que Daniel llevaba en la Casa Refugio Citlaltépetl. Yo intentaba escribir una novela que llevaba el título de trabajo “Human Debris”. Si la memoria, presenté un episodio en el que los padres de una de las protagonistas del relato mueren en un accidente en la carretera.

De todo lo que Daniel me dijo en esa sesión o en la última a la que fui –un par en total: interrumpí mi asistencia al taller porque me fui a vivir a Londres durante dos años–, conservo una sola, que me parece fundamental: “Olvídate de la estructura: esa la encuentras después. Tú nada más escribe. Escribe hacia adelante. Y no mires para atrás.”

No escribí prácticamente nada durante mi estancia en Londres, salvo por los sufridos pasajes que pergeñaba en un diario que, contra mi propia naturaleza –soy un pésimo diarista–, acabé (inicié otro que aún sigue inconcluso, tres lustros después de comenzado).

Poco antes de regresar a México, hice un breve viaje a Venecia, llevado allí por una amplia exposición retrospectiva de Balthus en el Palazzo Grassi. Poco antes de llegar a Italia, leí Trieste and the Meaning of Nowhere de Jan Morris, mi libro favorito junto a Zama de Antonio Di Benedetto (ambos son, de algún modo, libros sobre las víctimas de la espera).

Después de ver los formidables cuadros de Balthus –y las referencias a su amistad con Rilke y su angelical paso por Duino–, fui a la estación de Santa Lucia y compré un pasaje de tren a Trieste, allí, al otro lado del Adriático.

Abordé el tren con una emoción múltiple: por un lado, me fugaría de Venecia, a la que apenas había conocido; por el otro, viajaría en dirección a Budapest, destino último de mi tren; finalmente, conocería la mítica Trieste, en donde Italo Svevo había conocido a James Joyce y Zeno Cosini había intentado dejar de fumar sin mucho éxito. Encima de todo eso, llegaría a esa ninguna parte consignada por Morris.

Lo primero que hice cuando el tren hizo escala en Trieste Centrale antes de continuar su recorrido por la planicie, más allá del Carso, hacia Budapest, terruño de mi familia paterna, fue andar algunos kilómetros de regreso en un autobús en dirección al Castillo de Miramar, ese juguetito blanco que Maximiliano de Habsburgo le construyó a Carlota y en donde el archiduque firmaría su sentencia de muerte, sobre una mesa que le había regalado el Papa Pío IX, al convertirse en el Emperador de México en 1863.

Miramar fue una revelación, asunto que he consignado en varios escritos míos: fue como encontrar una contraparte mía allí, en ese lugar que fusionaba a México con Hungría y con ese lugar que aún no conocía, la ninguna parte que era y es y siempre será Trieste.

De regreso en la ciudad, caminé hasta el Stella Polare y me tomé el mejor café que jamás he bebido.

Y el resto es historia.

En el tren de regreso a Venecia, mientras intentaba hacer un recuento de la media jornada que había pasado en Trieste, una voz se adueñó de mí.

Mi voz literaria.

La voz que había rebuscado al escribir, sin éxito, “Human Debris”, cuyas primeras páginas había compartido con Daniel en mi fugaz paso por su taller.

Menos de tres años después concluí el manuscrito de La piel muerta, escrito con mucha disciplina y rigor, a mano y a diario durante tres semanas, sin tregua, de 6 de la mañana a 12 del día.

El libro vio la luz en febrero de 2005, fue el primero de 10 a la fecha y recientemente se tradujo al inglés como Debris (Houston: Literal, 2016), en un traslado genial del español a mi lengua originaria realizado por Tanya Huntington.

En ese ínter de cerca de 12 años, vi a Daniel por última vez antes de su muerte, de nuevo en la FIL, ahora convertido en un autor de éxito, uno de los mejores de México y de la literatura en español.

Estábamos sentados en un sillón del lobby del Hilton Daniel, Antonio Ortuño y yo.

Daniel nos contaba de sus hijas, una de ellas recuperada después de muchos años, una mujer que ya era madre, nuestro amigo de pronto convertido en abuelo.

Entonces, Daniel dijo algo memorable, igual de memorable que el consejo que, tantos años antes, me diera en su taller: “Ves a tu nieta… ¡Lo lejos que llega el semen de uno!”

Fue lo último que le escuché decir.

David Miklos
David Miklos
Un comentario
  1. Escribo para sentirme viva
    Escribo para narrar mi historia.
    Escribo porque es una necesidad en mí
    Escribo porque me siento feliz
    Escribo para comunicarme
    Escribo para profesar mi lealtad a la palabra
    Escribo para dar testimonio
    Escribo para honrar a mis padres
    Escribo para dejar un legado de mi vida
    Escribo porque es un arte la escritura y esto me embellece.
    Escribo como una necesidad

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