Consignas de escritura

Creo que hay dos preguntas iniciales al momento de encarar un proyecto de escritura. Aunque la primera, en realidad, es previa a ese momento y tiene que ver no con el impulso de contar algo, sino con la delimitación de los potenciales asuntos: ¿Qué quiero decir? Tengo ideas ocupando espacio en la cabeza y necesito sacarlas, ponerlas afuera donde ya no incomoden, o incomoden menos.

Existen muchas recetas para proceder a la selección ordenada y lógica de esas ideas y en general apuntan a la relevancia que tienen dentro del contexto de lo que quiero narrar, como piezas que se acomodan según su funcionalidad. Pero el primer determinante de ese orden o jerarquía debe ser, en mi opinión, algo más instintivo que la relevancia: la necesidad. La escritura que más me interesa está conectada con la necesidad furiosa y primitiva de contar lo que cuento. Me interesa la literatura como expresión constante y fallida de esa necesidad. La falla es lo que nos permite seguir buscando. Me interesa la literatura que busca.

La segunda pregunta, según muchos, es la que verdaderamente importa o significa algo dentro de una obra, dentro de todas las obras. Esa apunta al sentido de lo que hacemos: ¿Por qué escribo?

No creo que exista una respuesta única –ni individual ni colectiva– para esa pregunta. Una primera aproximación replicaría el razonamiento anterior: escribo porque lo necesito, y pare de contar. Pero la respuesta no se agota ahí, la respuesta empieza –a modo de premisa– o termina – a modo de conclusión– ahí. En el medio se complejiza o se simplifica, según quien. Al ser una pregunta esencial transita por todos los espacios vitales que habitamos, los satura y los irradia y nos arroja retazos de sentido con los que cada tanto armamos un argumento que nos deja cómodos. Nos neutraliza. Pero, eventualmente, ese argumento pierde sentido y muta en otro. No importa, mientras la pregunta no nos abandone.

Tomando como base estas dos cuestiones, junté un listado de cinco consignas muy genéricas que podrían ser útiles para estimular el proceso de escritura. Acá van, quizá te sirvan de algo. Si no, mejor, porque deberás ensayar tu propio método:

1. Busca adentro de ti.
¿Qué te conmueve?
Busca la conmoción propia, entendida como un pequeño sacudón de emociones.

2. Estimula tu curiosidad.
¿Qué hay alrededor tuyo que puedas ver?
Mira y escucha con atención lo que sucede en tu entorno.
Estrategia útil: inicia un diario llamado “conversaciones que escuché en la mesa de al lado”.

3. Recurre a tu experiencia.
Toma como materia narrativa tu propia intimidad.
¿Qué tienes para decir acerca del amor, el desamor, el sexo, la pérdida?

4. Recuerda que es mejor mostrar que decir.
En vez de contar empleando la retórica, piensa las escenas gráficamente y descríbelas.

5. Usa tu historia (o la de otro, da igual) como excusa para hablar de un tiempo y de una sociedad.
¿Cómo fue ser niño en los ochenta?
¿Cómo fue ser adolescente en los noventa?
¿Cómo será envejecer en el 2050?
¿Cómo se ve el mundo desde ahí, justo donde estás sentado, ahora?

Bienvenido.

Margarita García Robayo
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